lunes, 17 de agosto de 2026

Artículo de ChatGPT: "Ceuta y Melilla: la ventana de oportunidad que Marruecos podría no volver a tener"

 

Ceuta y Melilla: la ventana de oportunidad que Marruecos podría no volver a tener

La crisis migratoria de 2026 ha revelado una vulnerabilidad española. La cuestión no es si Marruecos puede conquistar Ceuta y Melilla, sino si puede conseguir algo mucho más pequeño —y quizá mucho más importante—: cambiar por primera vez el statu quo.

Hay momentos en la historia en los que un Estado dispone de una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse durante décadas.

Marruecos tuvo una de ellas en 1975.

Francisco Franco agonizaba, España se encontraba ante una transición política incierta y Hassan II decidió actuar sobre el Sáhara Occidental. Más de medio siglo después, la comparación con Ceuta y Melilla debe hacerse con enorme cautela: las dos ciudades son parte integrante del Estado español y su situación jurídica, histórica, demográfica y política es radicalmente diferente.

Pero la lección estratégica de 1975 continúa siendo interesante.

Las oportunidades geopolíticas no esperan necesariamente a que un país esté preparado para aprovecharlas. Y tampoco avisan de cuándo volverán.

En agosto de 2026, Marruecos puede estar ante otra ventana.

No una oportunidad para conquistar Ceuta y Melilla. Una operación militar sería extraordinariamente arriesgada y provocaría precisamente la reacción española e internacional que Rabat tendría interés en evitar.

La oportunidad puede ser mucho más sutil.

Conseguir que España acepte el primer cambio importante del statu quo de las dos ciudades.

Y, si ése fuera el objetivo, quizá Marruecos nunca haya tenido en las últimas décadas una combinación de circunstancias tan favorable como la actual.

La crisis que ha demostrado que Ceuta puede ser desbordada

El 30 de julio ocurrió lo que hasta entonces habría parecido un escenario extremo de gabinete.

Decenas de miles de personas atravesaron en muy poco tiempo la frontera de Ceuta. Las estimaciones posteriores situaron el volumen alrededor de 72.000 entradas, aunque otras fuentes y las propias autoridades ceutíes han manejado cifras cercanas a 80.000. La crisis produjo además decenas de muertos y obligó a España a desplegar unidades militares para apoyar a las fuerzas de seguridad.

Las cifras fueron cambiando conforme evolucionó la emergencia, y precisamente por eso conviene evitar convertir cualquiera de ellas en dogma. Lo que no admite demasiada discusión es la escala del acontecimiento: una ciudad de aproximadamente 80.000 habitantes recibió en horas una población adicional comparable a la suya propia.

La inmensa mayoría regresó rápidamente a Marruecos. Pero miles permanecieron en Ceuta y los efectos continuaron mucho después de que desaparecieran las imágenes más espectaculares de la frontera.

Sanidad, acogida, seguridad, menores, identificación, alimentación y servicios públicos quedaron sometidos simultáneamente a una enorme presión.

Eso introduce un problema todavía más serio que la vulnerabilidad material:

la vulnerabilidad de anticipación y decisión.

El número importa. El tiempo quizá importe más

La crisis permite sacar otra conclusión.

No es suficiente contar cuántas personas cruzan. Hay que contar cuántas permanecen y durante cuánto tiempo.

Una entrada de 70.000 u 80.000 personas que en su enorme mayoría regresan en uno o dos días constituye una emergencia extraordinaria.

Cinco, diez o veinte mil personas que permanecieran durante semanas podrían convertirse en un problema estructural mucho más difícil.

Podríamos expresarlo de una manera extremadamente simplificada:

presión = número de personas × tiempo de permanencia × escasez de capacidad disponible.

Y ahí reside una vulnerabilidad particularmente grave de Ceuta.

Una ciudad pequeña no dispone normalmente de capacidad sanitaria, policial, residencial, alimentaria y administrativa ociosa para absorber durante meses decenas de miles de personas adicionales.

En algún momento los problemas dejan de ser independientes.

La falta de alojamiento produce concentraciones.

Las concentraciones generan necesidades sanitarias y de seguridad.

La presión sanitaria consume personal.

La presión policial consume agentes.

Los procedimientos de identificación y devolución consumen todavía más recursos.

Y el cansancio empieza a afectar tanto a funcionarios como a residentes.

Por eso el escenario verdaderamente preocupante para España no es necesariamente otra entrada de 100.000 personas.

Puede bastar con una entrada bastante menor cuyos integrantes no regresen rápidamente.

La pregunta equivocada: «¿Va Marruecos a invadir Ceuta?»

Probablemente no.

De hecho, plantear el problema exclusivamente en esos términos puede impedir comprender la vulnerabilidad real.

Una invasión convencional eliminaría buena parte de la ambigüedad. España sabría quién es el agresor. Su población cerraría filas. La cuestión se internacionalizaría inmediatamente. Las Fuerzas Armadas responderían.

La zona gris es mucho más complicada.

Marruecos ni siquiera necesitaría organizar una futura oleada migratoria para beneficiarse políticamente de ella. Podrían organizarla redes criminales, surgir espontáneamente mediante redes sociales o producirse por una combinación de factores.

La crisis de julio de 2026 es instructiva precisamente porque su origen sigue siendo discutido.

Esto obliga a distinguir tres cosas:

organizar una crisis, permitir una crisis y aprovechar una crisis.

No son lo mismo.

Y para obtener un beneficio político no hace falta necesariamente haber realizado la primera.

Lo que Marruecos acaba de decir públicamente

Aquí aparece uno de los acontecimientos más interesantes de las últimas semanas.

El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha reiterado públicamente la reivindicación de Ceuta y Melilla después de la crisis.

No habló de invasiones.

Habló precisamente de lo contrario.

Ouahbi afirmó que Marruecos plantea la cuestión de las ciudades en sus conversaciones con España y describió un objetivo a largo plazo, que Rabat pretende resolver mediante el diálogo.

España respondió categóricamente que su integridad territorial no se negocia.

Esto merece mucha más atención que otra declaración grandilocuente afirmando que «Ceuta y Melilla son marroquíes».

Porque introduce dos conceptos fundamentales:

largo plazo y diálogo.

Es decir: paciencia.

Y ésa puede ser precisamente la estrategia más racional.

Marruecos no necesita conseguir el 100 %

Supongamos que el objetivo último marroquí sigue siendo obtener algún día la soberanía de Ceuta y Melilla.

¿Por qué exigirla ahora?

España respondería inmediatamente que no. El Gobierno y la oposición probablemente cerrarían filas. Ceuta y Melilla reaccionarían frontalmente. Y Marruecos no habría conseguido nada.

Una estrategia incremental sería muchísimo más sofisticada.

No pedir el 100 %.

Conseguir primero el equivalente conceptual de un 10 o un 20 %.

No de soberanía jurídica —la soberanía no se divide necesariamente de esa manera—, sino de participación institucional.

El cambio verdaderamente importante sería pasar de:

Marruecos reivindica Ceuta y Melilla desde fuera

a:

Marruecos participa permanentemente en alguna estructura específicamente relacionada con la gestión de problemas de Ceuta y Melilla.

Ese primer salto sería históricamente enorme.

Después no habría ninguna necesidad de precipitarse.

El hipotético «Órgano Hispano-Marroquí para la Seguridad y Prosperidad»

Imaginemos una crisis futura considerable.

No hace falta imaginar 100.000 personas. Bastaría una situación que mantuviera Ceuta durante semanas bajo enorme presión, con Ejército, Guardia Civil y Policía desplegados, servicios públicos desbordados, economía dañada y una población desesperada por recuperar la normalidad.

Y entonces Marruecos ofrece una solución.

No exige soberanía.

Propone algo perfectamente razonable en apariencia:

un órgano permanente hispano-marroquí para garantizar la seguridad, estabilidad, desarrollo y prosperidad de Ceuta y Melilla.

El Gobierno español podría venderlo no como una concesión a Marruecos, sino exactamente al revés.

Podría decir:

«Por primera vez hemos conseguido que Marruecos asuma responsabilidades permanentes sobre la seguridad de nuestras ciudades. Si existe una crisis fronteriza, Rabat también tendrá obligaciones. Hemos conseguido estabilidad sin ceder un centímetro de soberanía.»

Después de semanas de caos, ese argumento podría ser extraordinariamente poderoso.

La pregunta de muchos ciudadanos no sería:

«¿Qué consecuencias constitucionales podría tener esto dentro de cuarenta años?»

Sería:

«¿Esto garantiza que no vuelva a ocurrir?»

Si la respuesta pareciera ser sí, el acuerdo podría encontrar bastante más apoyo del que tendría en circunstancias normales.

El acuerdo que nunca mencionaría la palabra «soberanía»

Éste quizá sea uno de los puntos más importantes.

Un eventual acuerdo podría tener veinte páginas y no mencionar ni una vez la soberanía.

Seguridad.

Comercio.

Emergencias.

Inversiones.

Sanidad.

Movilidad.

Infraestructuras.

Cooperación policial.

Desarrollo económico.

Y al final una pequeña cláusula diplomática:

«El presente acuerdo se entenderá sin perjuicio de las respectivas posiciones de las Partes.»

Con una fórmula semejante, España podría afirmar que no ha negociado ni cedido soberanía.

Marruecos podría afirmar que tampoco ha reconocido la posición española ni ha renunciado a su reivindicación.

Y las dos afirmaciones podrían ser ciertas.

El verdadero contenido estratégico no estaría entonces en esa cláusula.

Estaría en las otras diecinueve páginas.

¿Qué participación institucional habría conseguido Marruecos que no tenía antes?

Ésa sería la pregunta.

De una oficina a un uniforme

A partir de ahí aparece el poder de la normalización.

Inicialmente podrían existir únicamente funcionarios de enlace.

Después equipos conjuntos.

Más adelante personal marroquí destinado permanentemente a programas de cooperación.

En algún momento podrían aparecer agentes de la Gendarmería marroquí desarmados colaborando con Policía Nacional o Guardia Civil en tareas de enlace, mediación o prevención.

España podría seguir teniendo toda la autoridad coercitiva.

No habría cosoberanía de iure.

Pero habría ocurrido algo psicológica y políticamente importantísimo:

dejaría de resultar extraño ver un uniforme marroquí en una calle de Ceuta.

Y ésa es precisamente la clase de transformación que sólo puede entenderse pensando en décadas.

Si esos agentes hablaran español, fueran excelentes profesionales y ayudaran realmente a reducir delincuencia, conflictos y crisis fronterizas, la propia población podría terminar defendiendo su presencia.

Cinco años después, la pregunta ya no sería:

«¿Por qué hay gendarmes marroquíes aquí?»

Podría ser:

«Si esto funciona, ¿por qué vamos a eliminarlo?»

Eso no significa que inevitablemente el proceso terminara en soberanía marroquí.

España podría detenerlo en cualquiera de sus etapas.

Pero el punto de partida habría cambiado.

Y en estrategia, cambiar el punto de partida de la siguiente negociación puede ser más importante que ganar la negociación actual.

Washington: la pieza que ya no podemos ignorar

Aquí aparece uno de los hechos más sorprendentes de todo este asunto.

En abril de 2026, un informe del Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes estadounidense utilizó un lenguaje extraordinariamente llamativo.

El documento describe Ceuta y Melilla como ciudades «administradas por España» y apoya que el secretario de Estado fomente el diálogo diplomático entre Marruecos y España sobre «el futuro estatus de Ceuta y Melilla».

Hay que dimensionarlo correctamente.

No es un reconocimiento estadounidense de soberanía marroquí.

No es una decisión presidencial.

No modifica el derecho internacional.

No obliga a España a negociar.

Pero tampoco es irrelevante.

Una institución importante del Congreso estadounidense ha introducido ya la idea de que el «futuro estatus» de las ciudades puede ser objeto de diálogo España-Marruecos.

Eso significa que, ante una futura crisis en la que Rabat pidiera negociaciones y Madrid las rechazara, no podemos dar automáticamente por supuesto que Washington adoptaría la posición española.

Puede que lo hiciera.

Puede que no.

Y para Marruecos, esa incertidumbre ya tiene valor.

Marruecos ha construido además una posición internacional mucho más fuerte

Marruecos es desde 2004 aliado principal extra-OTAN de Estados Unidos.

Su relación con Israel también se ha transformado profundamente desde la normalización de 2020 y la posterior cooperación en defensa.

Francia ha avanzado igualmente de forma muy considerable hacia las posiciones marroquíes respecto del Sáhara Occidental.

Nada de esto significa que Washington, París o Israel vayan a apoyar una reclamación marroquí sobre Ceuta y Melilla.

Pero sí significa que Marruecos de 2026 dispone de una posición diplomática muy diferente de la que tenía hace veinticinco años.

El Sáhara: precedente, pero no modelo idéntico

Aquí hay que ser particularmente cuidadoso.

Ceuta y Melilla no son el Sáhara Occidental.

No tienen el mismo estatus jurídico.

No tienen la misma historia colonial.

No tienen la misma población.

No existe un proceso de descolonización equivalente.

Por tanto, afirmar «lo que ocurrió en el Sáhara ocurrirá en Ceuta» sería históricamente incorrecto.

Pero el Sáhara ofrece otra lección.

Hassan II abrió en 1975 un proceso cuyo resultado no quedó resuelto aquel año.

Décadas después, Marruecos ha conseguido transformar extraordinariamente su posición internacional.

Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el territorio en 2020.

España modificó en 2022 una política mantenida durante décadas y calificó la propuesta marroquí de autonomía como la base «más seria, realista y creíble».

Francia dio posteriormente un paso adicional.

El proceso ha tardado medio siglo.

Ésa es la comparación útil.

No el territorio. El tiempo.

La ventana española

¿Por qué ahora?

Porque unas elecciones generales introducen incertidumbre.

Mohammed VI conoce al Gobierno de Pedro Sánchez.

Conoce su política respecto a Marruecos.

Conoce el giro español sobre el Sáhara.

Conoce sus necesidades parlamentarias.

Pero no puede conocer con certeza quién gobernará España después de las próximas elecciones.

Un futuro Gobierno podría ser mucho más duro respecto a Marruecos.

Podría reforzar unilateralmente Ceuta y Melilla.

Podría intentar europeizar completamente la cuestión fronteriza.

Podría rechazar cualquier estructura institucional específica con Rabat.

O podría continuar exactamente la política actual.

Marruecos no lo sabe.

Y precisamente no saberlo crea el valor de la ventana.

Si Rabat considera particularmente favorables las circunstancias actuales, esperar tiene un coste.

Y entonces aparece Pegasus

Aquí entramos deliberadamente en un escenario diferente.

Conviene separarlo completamente del argumento anterior porque no existe prueba pública de que Pedro Sánchez esté siendo chantajeado por Marruecos.

No debe afirmarse que existe ese chantaje.

Pero existen hechos extraordinariamente serios que permiten formular legítimamente la pregunta.

El teléfono de Pedro Sánchez fue infectado con Pegasus en mayo de 2021.

La investigación determinó que aproximadamente 2,6 gigabytes de información fueron extraídos de su dispositivo.

El momento resulta inevitablemente llamativo.

La gran crisis de Ceuta de 2021 se produjo precisamente entre el 17 y el 18 de mayo, cuando aproximadamente 8.000 personas entraron después de una relajación del control fronterizo marroquí, episodio ampliamente interpretado como represalia política por la acogida española del dirigente del Frente Polisario Brahim Ghali.

Posteriormente fueron detectadas intrusiones en los teléfonos de otros miembros del Gobierno.

La investigación española intentó determinar quién estaba detrás.

Y no pudo hacerlo judicialmente.

Por tanto, no existe una atribución probada a Marruecos.

Éste es el límite que cualquier análisis serio debe respetar.

Pero 2026 ha añadido información nueva sobre Pegasus

Investigaciones periodísticas internacionales han descrito un uso amplio de Pegasus por los servicios marroquíes y han señalado que numerosos números españoles estuvieron entre los objetivos durante el periodo de tensión bilateral.

Eso no convierte automáticamente cada infección concreta en una atribución judicialmente demostrada a Marruecos.

Tenemos, por tanto, tres niveles distintos:

Hecho probado: el teléfono de Sánchez fue infectado y se extrajo una cantidad enorme de información.

Indicios e investigaciones periodísticas: apuntan hacia capacidades y operaciones marroquíes contra objetivos españoles.

Hecho no probado: que Marruecos tenga los datos extraídos del teléfono de Sánchez y, todavía menos, que esté utilizándolos para chantajearlo.

Confundir esos tres niveles destruiría la credibilidad del argumento.

Pero tampoco tiene sentido fingir que la pregunta no existe.

El escenario Pegasus: ¿y si existe material comprometedor?

Hagamos entonces el ejercicio como hipótesis.

Supongamos que Marruecos fue responsable de la intrusión.

Supongamos además que recibió aquellos 2,6 GB.

Y demos un tercer salto, todavía mayor: que entre esa información existiera material personal, político o familiar cuyo conocimiento público pudiera perjudicar gravemente a Sánchez.

¿Qué cambiaría?

Muchísimo.

No sería necesario imaginar una película en la que Mohammed VI telefonea a Moncloa y amenaza explícitamente al presidente.

El chantaje moderno puede ser mucho más sutil.

La otra parte simplemente necesita saber que tú sabes que posee determinada información.

Eso altera una negociación incluso aunque nadie pronuncie una amenaza.

El valor no estaría necesariamente en publicar el material.

Estaría en conservar la capacidad de publicarlo.

La extraña cronología

Hay además una secuencia que inevitablemente alimenta las sospechas, aunque no las demuestre.

Mayo de 2021:

crisis de Ceuta + infección del teléfono de Sánchez.

Marzo de 2022:

España cambia inesperadamente una política mantenida durante décadas respecto al Sáhara y considera la propuesta marroquí de autonomía la opción más seria, realista y creíble.

Abril de 2022:

Sánchez y Mohammed VI normalizan las relaciones.

Mayo de 2022:

España hace público que el teléfono del presidente había sido infectado con Pegasus.

La coincidencia temporal es extraordinaria.

La causalidad no está demostrada.

Ésa es la frase que no puede desaparecer nunca de este análisis.

Existen explicaciones perfectamente racionales del giro español sobre el Sáhara que no requieren ningún chantaje: estabilizar las relaciones con un vecino fundamental, controlar la migración, reconstruir cooperación económica y de seguridad y cerrar la crisis diplomática abierta en 2021.

De hecho, esas razones por sí mismas pueden explicar perfectamente la decisión.

Pero mientras no sepamos quién extrajo 2,6 GB del teléfono del presidente del Gobierno y qué contenían, la hipótesis Pegasus seguirá existiendo.

¿Qué supondría Pegasus para la ventana actual?

Aquí es donde este escenario independiente se conecta con Ceuta y Melilla.

Si la hipótesis del chantaje fuese falsa, Marruecos tendría que evaluar exclusivamente los costes y beneficios normales de cualquier presión sobre España.

Pero si fuese cierta, el cálculo marroquí sería completamente diferente.

Rabat podría considerar que dispone de una capacidad extraordinaria para prever o limitar la respuesta política del presidente español.

Eso reduciría el riesgo percibido de intentar obtener una modificación limitada del statu quo.

Y entonces la ventana actual sería todavía más atractiva.

No porque Sánchez tuviera que «entregar Ceuta y Melilla».

Eso sería políticamente imposible.

Pero podría existir mayor margen para aceptar algo presentable como cooperación:

un tratado;

una comisión;

un mecanismo permanente;

una arquitectura conjunta de seguridad;

una institución bilateral.

Otra vez: esto es un escenario hipotético construido sobre una atribución y un chantaje que no están demostrados.

El argumento principal no necesita que sea cierto.

Pero si lo fuera, cambiaría radicalmente la evaluación del riesgo desde Rabat.

Un dato incómodo: España decidió no pedir explicaciones a Marruecos

Existe además un episodio que merece ser recordado.

En mayo de 2022, después de hacerse público el espionaje, el ministro José Manuel Albares confirmó que España no pediría explicaciones a Marruecos por Pegasus mientras ambos países avanzaban en la reapertura fronteriza y la nueva hoja de ruta bilateral.

Eso tampoco demuestra chantaje.

Puede interpretarse sencillamente como realpolitik: España no quería destruir una reconciliación diplomática recién conseguida sobre una acusación cuya autoría no podía demostrar.

Pero políticamente resulta llamativo y forma parte del expediente.

Entonces, ¿por qué no intentarlo ahora?

Ésta es probablemente la pregunta que alguien en Rabat debe estar estudiando.

No sabemos qué respuesta obtendrá.

Y sería ingenuo imaginar que Mohammed VI recibe un único «plan Ceuta».

Un Estado serio trabaja con escenarios.

Continuar exactamente como hasta ahora.

Incrementar únicamente la presión diplomática.

Profundizar la integración económica transfronteriza.

Proponer nuevos mecanismos institucionales.

Aprovechar una futura crisis espontánea.

O ejercer formas más coercitivas de presión.

Cada opción tendría costes y beneficios.

Y no hacer nada también sería una decisión.

De hecho, los acontecimientos de mediados de agosto proporcionan una señal importante contra la hipótesis de una escalada inmediata: Marruecos ha desplegado fuerzas, controles y detenciones para impedir una nueva entrada masiva convocada mediante redes sociales.

Eso importa.

Si buscamos pruebas únicamente de nuestra propia teoría, acabaremos encontrándolas aunque la teoría sea falsa.

La señal operativa inmediata ha sido de contención, no de apertura deliberada de la frontera.

Pero simultáneamente la señal política de Ouahbi es inequívoca:

la reivindicación continúa y Marruecos piensa a largo plazo.

Las dos cosas no son contradictorias.

Quizá Rabat no quiera otra crisis.

Quizá quiera aprovechar políticamente la que ya ha ocurrido.

O quizá haya decidido simplemente mantener el statu quo.

Todavía no lo sabemos.

Las señales que deberíamos observar ahora

Durante los próximos meses habrá que prestar atención no tanto a las grandes declaraciones sobre soberanía —ésas no son nuevas— como a palabras mucho más aburridas.

Nuevo marco.

Mecanismo permanente.

Responsabilidad compartida.

Seguridad conjunta.

Prosperidad común.

Desarrollo integrado.

Cooperación estructural.

Especialmente si empiezan a aparecer vinculadas específicamente a Ceuta y Melilla.

Una declaración aislada significará poco.

Una secuencia sería diferente:

crisis → discurso sobre insostenibilidad → propuesta marroquí → receptividad española → negociación institucional.

Ahí sí estaríamos observando algo cualitativamente nuevo.

La verdadera victoria marroquí

La mayor equivocación española sería creer que Marruecos sólo gana si consigue poner su bandera sobre Ceuta y Melilla.

No.

Desde una estrategia de cincuenta años, la victoria de 2026 podría ser muchísimo más modesta.

Que España acepte por primera vez que Marruecos desempeñe un papel institucional permanente específicamente relacionado con ambas ciudades.

Después, parar.

Esperar.

Dejar que funcione.

Dejar que se normalice.

Dejar que una generación crezca con ello.

Y que el siguiente rey marroquí decida dentro de veinte años si existe oportunidad para dar otro paso.

Mohammed VI no necesitaría terminar el trabajo.

Le bastaría con abrir la puerta.

La pregunta que España debería hacerse

España no debería obsesionarse únicamente con adivinar las intenciones de Marruecos.

Puede equivocarse.

La pregunta mucho más útil es:

¿Qué puede hacer España para que cualquier intento de presión resulte inútil?

Porque la mejor defensa contra la coerción híbrida no consiste únicamente en impedir que entren personas.

Consiste en conseguir que, aunque entren, el Estado continúe funcionando.

Capacidad extraordinaria de alojamiento.

Reservas.

Sanidad de emergencia.

Protocolos de movilización inmediata.

Refuerzos policiales previamente planificados.

Capacidad marítima.

Procedimientos jurídicos claros.

Coordinación automática con la Unión Europea.

Infraestructuras redundantes.

Y, sobre todo, un consenso político básico:

una crisis humanitaria o fronteriza nunca modifica por sí misma el marco institucional de Ceuta y Melilla.

Si España consigue eso, la supuesta ventana marroquí empieza a cerrarse.

Si no lo consigue, permanece abierta.

Conclusión: no se trata de conquistar Ceuta

Quizá dentro de un año toda esta hipótesis resulte equivocada.

Marruecos puede decidir que los riesgos son demasiado grandes.

Puede considerar que su relación actual con España es demasiado valiosa para ponerla en peligro.

Puede preferir esperar.

Y el fuerte dispositivo marroquí de mediados de agosto demuestra precisamente que Rabat puede cerrar la frontera cuando decide hacerlo y que, al menos en ese momento, actuó para evitar una repetición inmediata.

Pero algo ha cambiado después de julio de 2026.

Marruecos ha aprendido cuánto puede soportar Ceuta.

España también.

Washington tiene ya sobre el papel una referencia al «futuro estatus» de Ceuta y Melilla.

Un ministro marroquí acaba de recordar que la cuestión continúa sobre la mesa y que Rabat piensa a largo plazo y mediante diálogo.

Y unas elecciones españolas introducen una incertidumbre que Marruecos no controla.

La cuestión, por tanto, quizá no sea si Mohammed VI quiere conseguir Ceuta y Melilla en 2026.

La pregunta interesante es otra:

¿Puede conseguir ahora algo pequeño que dentro de cincuenta años resulte enorme?

Hassan II comprendió en 1975 que determinadas ventanas históricas no permanecen abiertas eternamente.

Su hijo conoce perfectamente aquella historia.

Y también sabe algo más:

en geopolítica, a veces no hace falta conseguir el territorio. Basta con conseguir el primer paso.

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