domingo, 15 de febrero de 2026

Mis partes favoritas del extraordinario discurso del secretario de Estado de EE.UU. (equivalente a ministro de AA.EE.) Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich

Para complacer a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos, mientras que nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y muchos otros recursos, no sólo para alimentar sus economías, sino también para utilizarlos como palanca contra las nuestras.

Y, en nombre de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos. Hemos cometido estos errores juntos, y juntos debemos ahora a nuestros pueblos mirar la verdad de frente y seguir adelante para reconstruir.

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Estados Unidos y Europa están unidos por lazos indisolubles.

América se fundó hace 250 años, pero sus raíces existen desde hace mucho más tiempo en este continente. Los hombres que construyeron la nación en la que nací llegaron a nuestras costas portando los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados, un legado sagrado y un vínculo inquebrantable entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Pertenecemos a una misma civilización: la civilización occidental.

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Eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y decidida a seguir siendo dueña de su destino económico y político.

Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo.

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Pero sólo asumiendo plenamente nuestro legado y estando orgullosos de este legado común podremos empezar a imaginar y a forjar juntos nuestro futuro económico y político.

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La migración masiva no es, ni ha sido nunca, una preocupación marginal. Es una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo Occidente.

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Juntos, podemos recuperar el control de nuestras industrias y cadenas de suministro y prosperar en los ámbitos que definirán el siglo XXI. Pero también debemos recuperar el control de nuestras fronteras nacionales, controlando quién entra en nuestros países y en qué cantidad. No se trata de xenofobia ni de odio: es un acto fundamental de soberanía nacional. No hacerlo no sólo supone abandonar una de nuestras obligaciones más básicas para con nuestros pueblos, sino que también supone una amenaza urgente para el tejido mismo de nuestras sociedades y para la supervivencia de nuestra civilización.

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En un mundo ideal, todos estos problemas y muchos otros se resolverían con diplomáticos y resoluciones firmes. Pero no vivimos en un mundo ideal y no podemos seguir permitiendo que quienes amenazan abierta y descaradamente a nuestros ciudadanos y a la estabilidad mundial se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan regularmente.

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Queremos aliados capaces de defenderse para que ningún adversario se sienta tentado a poner a prueba nuestra fuerza colectiva.

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Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su legado, que comprendan que somos herederos de una misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla.

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Porque nosotros, los estadounidenses, no tenemos ningún interés en ser los guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización de la historia de la humanidad.

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La alianza que queremos es una alianza que no esté paralizada por el miedo. El miedo al cambio climático, el miedo a la guerra, el miedo a la tecnología.

Por el contrario, queremos una alianza que se lance con audacia hacia el futuro, y el único miedo que tenemos es el de no dejar a nuestros hijos naciones más orgullosas, más fuertes y más ricas.

Una alianza dispuesta a defender a nuestros pueblos, a proteger nuestros intereses y a preservar la libertad de acción que nos permite forjar nuestro propio destino.

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Y, sobre todo, una alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irremplazable. Porque ese es, después de todo, el fundamento mismo del vínculo transatlántico.

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Ahora que los titulares anuncian el fin de la era transatlántica, que quede claro para todos que ese no es nuestro objetivo ni nuestro deseo.

Porque para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa.

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Hoy estoy aquí para afirmar claramente que Estados Unidos está trazando el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad. Y que, una vez más, queremos hacerlo con ustedes, nuestros valiosos aliados y nuestros más antiguos amigos.

Queremos hacerlo con ustedes, con una Europa orgullosa de su legado y su historia.

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