lunes, 27 de julio de 2020

Relato novelado de las terribles consecuencias de la invasión silenciosa

Hace tiempo lo leí y hace poco me lo encontré de nuevo. Lo copio por aquí por si acaso desaparece el blog.

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La bofetada sonó como un disparo. A mí me dolió en lo más profundo de las tripas. Al observar a mi mujer enfrentarse a aquel niñato con la ridícula pelusa de moda en la cara, salí del coche que estaba aparcando, para acercarme a ver qué pasaba. Cuando el hijoputa aquel le estampó el guantazo en la cara, mientras ella sujetaba una bolsa de El Corte Inglés en una mano y la cría en la otra, me quedé paralizado. A apenas veinte metros lo vi todo a cámara lenta. Pero me detuve y no fui hasta allí. Fue Patricia la que se vino humillada, con media cara hinchada, enrojecida por la hostia que le acababan de meter, los ojos vidriosos de ira. Sin mediar palabra, abrió el coche y se sentó en el espacio de copiloto, tras dejar a la niña en la sillita de atrás. Yo, que había mirado al aprendiz de talibán, más por curiosidad que por desafío, bajé la mirada cuando él me la sostuvo, no sé por qué, me di media vuelta, y caminé hasta meterme en el coche, junto a ella. Ni una palabra. Ni un reproche. El insondable vacío de la derrota y un denso silencio.

¿Cómo habíamos llegado a esto?. ¿En qué momento un pandillero del extrarradio, el más tonto de su clase y uno de los tantos conversos de reciente hornada al islam militante, fue consciente de la capacidad de imponer con desparpajo y total impunidad sus recientemente adquiridas normas universales de comportamiento a mi mujer... y a mí?. Confieso que, cuando Patricia se acomodó el vestidito liviano de verano que llevaba, y que había sido el motivo del violento reproche del vigilante de las buenas costumbres, estuve casi a punto de culparla por terca, por empecinarse en seguir saliendo a la calle sin pensar en estos matones que imponían mafiosamente su voluntad. Me contuve. Ella estaba a punto de romper a llorar y no estaba el horno para bollos. No delante de Marina que, con 2 años parecía comprender que algo extraño acababa pasar.

Así que, según avanzábamos lentamente en el atasco de la M30 de camino a casa, barbudos sonrientes y chicas con chador se acercaban a los coches y ofrecían flores y estampitas de Abu Mansour a cambio de donativos para la causa de los mártires. Mi mujer, aprendida la lección, se ponía un chal sobre el vestido y yo, en silencio, cavilaba sobre cómo, a los cuarenta y un años, acababa de permitir algo que, a mis dieciocho, me hubiera hecho romper los dientes al que se hubiera atrevido, no ya a eso: a la mitad. Entre miradas disimuladas y de reojo a Patricia, que mantenía la vista fijamente en el parabrisas, trataba de imaginarme cómo todos estos personajillos iletrados, que iban cambiando sus nombres de Alberto y Miguel por los de Omar y Alí, habían pasado del rap y las litronas a los grupos de estudio coránicos en los barrios de las afueras. Y, de allí, en apenas tres años, y como cucarachas envalentonadas, habían tomado el centro, ante la secuencia de burla, curiosidad, desconcierto y, en último término, temor de los que nos creíamos hasta entonces los legítimos dueños del cotarro.

Eran muchachos españoles. Incluso algún latinoamericano, no los musulmanes inmigrantes que vimos crecerse en los primeros momentos. Los que se atrevieron a asaltar la Alhambra, los que "liberaron" las mezquita en Córdoba. Tampoco los marroquíes que, como posesos, saltaron la valla de Melilla aquel día, que quemaron la sinagoga de la ciudad con 47 personas dentro, de ellos 11 niños, mientras los policías de la ciudad observaban, como sedados, el espectáculo. Luego dijeron que los habían retenido, confinado, que la turba los había superado. Que nada pudieron hacer y su esfuerzo se concentró en impedir un mayor derramamiento de sangre, apaciguando a algunos chicos locales que estaban empeñados en enfrentarse a "los moros". Las grabaciones que llegaron a la red no los mostraba presos ni encadenados, pero ellos insistían que, desarmados, poco podrían haber hecho para enfrentarse a las milicias de Al Murabitun. Casi mejor, decían todos, que el gobierno hubiese decidió evacuar la plaza de militares sólo tres meses antes. Las repercusiones de un posible enfrentamiento en las calles de la ciudad podrían haber sido gravísimas Nuestros aliados europeos y el Secretario de Estado norteamericano alabaron nuestra moderación y la madura contención demostrada por nuestro gobierno y la sociedad española en general.

¿Acaso debíamos nosotros librar la batalla que ninguno de sus poderosos ejércitos evitaron cuando hace poco más de un lustro abandonaron a Israel a su suerte?. Si ellos fueron capaces de reclamar mesura y tranquilidad cuando los israelíes pedían histéricamente ayuda para responder a las dos bombas, la de Tel Aviv y la de Haifa. Decían que se trataba de evitar la escalada incontrolada de violencia y enfocarse en aclarar lo antes posible la autoría real de esos actos de "terrorismo nuclear", los primeros de la historia. Ante eso, ¿qué podíamos hacer nosotros en España, que no tenemos ni la fuerza, ni la capacidad de los americanos, los británicos o los franceses?

Recuerdo aquellos días como en duermevela. Todo sucedió tan rápido. Los israelíes contraatacaron pero, para sorpresa de muchos, los americanos no les siguieron. Recuerdo las voces desesperadas de estupor de la embajadora de Israel, o lo que quedaba de él, en Naciones Unidas cuando el representante de EEUU se abstuvo de apoyar la propuesta que Canadá hizo para condenar el ataque y enviar una fuerza de interposición. El voto de rechazo de la ONU, aplastante, selló el final de toda esperanza para los judíos.

Mientras los corresponsales en todo el mundo reportaban las celebraciones en los países árabes, la riada de voluntarios para la yihad que iba llegando a Tierra Santa, las noticias de la zona eran confusas. Los hebreos parecían adoptar una actitud numantina y seguían enviando los pocos aviones que les iban quedando contra Siria, contra Líbano, contra Irán... Y cuando los regímenes saudí y jordano se sumaron a caballo ganador, ya no hubo nada que hacer.

Muchas cosas se han aprendido de todo esto. El famoso lobby judío quedó en nada. Movilizaron a algunas estrellas del espectáculo para un telethón, pero el boicot de intelectuales y otros artistas dio al traste con él y al final muchos actores y cantantes se echaron atrás. Peor fue en Londres, donde un acto de solidaridad con Israel fue asaltado por una multitud de barbudos enfervorecidos que la policía no pudo contener. Hubo siete muertos. La lección fue rápidamente aprendida: estos tipos están dispuestos a todo, no se andan con chiquitas y mejor no enojarlos.

Por otra parte, la respuesta en la mayoría de las televisiones fue relativamente comprensiva con los islamistas. Aunque solían comenzar con un lamento vago y general sobre las acciones de violencia indiscriminada, insistían en los agravios históricos de los países árabes. Recordaban la larga lista de abusos y ocupación contra el pueblo palestino, que había desembocado en una expresión de ira. No justificada, claro, pero comprensible. En último término, había que seguir la posición conciliadora de la ONU, que desaconsejaba una respuesta irracional por parte de Israel. No se podía culpar a los vecinos de la acción brutal de un grupo terrorista desconocido hasta entonces y sin lazos claros con ningún gobierno: la Yihad para la Liberación de Al Aqsa y el Califato Universal.

La primera vez que pusieron la grabación de Abu Mansour en la que anunciaba su inmolación como mártir con una bomba de 4 megatones en el hotel Hilton de Tel Aviv, la gente quedó perpleja. Se trataba de un muchacho francés, recién graduado en medicina, hijo de padre musulmán y madre cristiana. No tenía aspecto de magrebí. Era medio rubio y según se supo luego, se había criado en un barrio bien de Nantes. Dicen que consiguió esquivar todas las medidas de seguridad por su pasaporte y aspecto europeos, pero no está claro quiénes ni cómo le dieron la bomba. La segunda, la de Haifa, sigue siendo un misterio, pero los israelíes dijeron que había sido lanzada con un misil desde el sur del Libano.

Sea como fuere, se hablaba de más de millón y medio de muertos. Yo me negué a ver las imágenes. Me llenaba de ansiedad y temor por mi familia, y, de todos modos, no había nada que yo fuera a solucionar. A las dos semanas, me crucé con una manifestación de estudiantes en Madrid. Celebraban la victoria, el nuevo paradigma. Ni Oriente ni Occidente; ni Capitalismo, ni Socialismo. La Revolución Ética, la llamaban. Ahí vi las fotos que exhibían en grandes cartelones y que yo había evitado en periódicos y en Internet. Las primeras imágenes de soldados desnudos, desmembrados, arrastrados por las calles. La explanada del Muro de las Lamentaciones tomada por una multitud celebrando con las cabezas cortadas de judíos ortodoxos cogidas como trofeos por las barbas. El viejo presidente del difunto Estado de Israel colgado en plena calle. Los pocos miembros del gobierno hebreo que cazaron vivos rapados, con trajes de presidiario, exhibidos en los campos de prisioneros donde se amontonaban. Sentí nauseas y no cené aquella noche.

Se comentó mucho el cambio de tono del Papa, que pasó de la condena a la velada amenaza cuando llegaron las noticias de la matanza de la Iglesia del Santo Sepulcro. Se rieron de él y, como alguien había hecho antes, le preguntaron cuantas divisiones tenía. Nada más se supo.

Mi cabeza sigue revisando estos tiempos locos cuando oigo en la silla de atrás a Marina decir "mamá guapa". Supongo que es su modo de intentar animarla. Patricia responde con una mueca que quería ser sonrisa. Nuestros ojos se cruzaron, y vi un resentimiento sordo, un reproche triste y silencioso.

Yo trabajo en el departamento de finanzas de una compañía eléctrica. Los primeros días nos preparamos para un escenario apocalíptico y diseñamos planes de contingencia para una especie de invierno nuclear. Y, entonces, todos reunidos en la oficina, vimos al ex presidente Obama que la primera presidenta norteamericana había enviado para mediar en la zona, aparecer con el presidente iraní y el desconocido sobrino del rey saudí recientemente nombrado regente por el ala dura del régimen. Y en aquella histórica conferencia de prensa los iraníes rechazaron haber participado en el atentado. Y los saudíes hablaron de la necesidad de que Occidente aceptara un nuevo sistema de equilibrios y respeto (sobre la base, velada, de todas aquellas armas que los americanos les habían vendido durante años, ahora bajo su control, junto con los hidrocarburos). Y el ex-presidente aceptó sus explicaciones sin más pruebas ni demandas, y habló de un nuevo entente entre civilizaciones, de una nueva relación de igual a igual. Y de que aquellos hombres eran nuestros socios para la paz. Sorprendentemente, aquel día, los mercados, que habían estado al borde del colapso y el infarto, encontraron temporalmente la calma que buscaban. Y todos comenzaron a mirar para otro lado.

Así fue que Siria anunció la anexión de Líbano, lo que fue Israel y Palestina (y algunos se rieron de la ironía de que todo esto hubiese comenzado con el afán de independencia para el pueblo palestino). Y, al final, también Jordania se integró en la Gran Siria, tras el derrocamiento de la glamurosa monarquía que encontró refugio en Australia. Y el alivio generalizado se mantuvo cuando los aviones de refugiados judíos supervivientes comenzaron a llegar a Canadá y a ser realojados en los territorios del Noroeste.

La palabra clave en aquellos días era moderación. La que todos nosotros debíamos mostrar para no hacer estallar el nuevo equilibrio de fuerzas que nos aseguraba combustibles a precios razonables y paz para nuestro tiempo.

Poco duró, la verdad. Los Hermanos Musulmanes, luego superados por la Yihad Islámica, tomaron el poder en Egipto, cuyo régimen cayó como fruta madura. Los "moderados" en Turquía fueron rápidamente desplazados y el primer ministro acabó pidiendo refugio en Estados Unidos. Enseguida comenzaron los incidentes entre el nuevo gobierno de Ankara y la autoridades iraníes (la hermandad en el extremismo islámico no parecía garantía de estabilidad y buenas relaciones). Y con las primeras escaramuzas armadas entre éstos y la nueva facción dominante de los Saud (aquí nos hemos hecho todos medio expertos en el Oriente Medio y sus matices), todo se fue al garete, el suministro de gas y petróleo se resintió y los precios se subieron por las nubes. La economía, claro, al garete.

El Norte de Africa se prendió como una cerilla. Libia, Túnez, Argelia... En Marruecos, el rey se adelantó a los elementos y dio un autogolpe, reproclamándose sultán de los creyentes del Magreb y llamando a la "repoblación pacífica" de Al Andalus.

Mientras en aquel primer invierno Europa Central tiritaba de frio (los rusos se aprovecharon bien de la coyuntura), comenzaron los disturbios en la mayoría de los países. La minoría turca en Alemania se unió en un partido que entró a formar parte del gobierno de coalición con los conservadores. El programa de adaptación a un sistema "multicultural" fue inmediato.

Más grave fue la situación en Holanda, Dinamarca o Suecia donde los islamistas se hicieron con la población musulmana, instaurando un sistema de gobierno paralelo al estatal, con sus representantes, sus leyes, sus jueces, su policía...

En Francia los incidentes fueron violentísimos y desde entonces viven en una especie de guerra urbana de baja intensidad. En el Reino Unido los actos de terrorismo masivo e indiscriminado fueron atroces. La demolición por una bomba del Royal Albert Hall, el secuestro que acabó en tragedia en el Museo Británico y el cierre por seis meses de los aeropuertos ante la imposibilidad de garantizar la seguridad, pusieron a los ingleses de rodillas. Y ahí siguen.

Con ese panorama, y ante las exigencias de repoblación pacifica del rey Mohammed, comenzaron a llegar norteafricanos a millares, a decenas de millares, en avión, en ferry, en barcas. Llegaban sin pasaportes, sin visados, la crisis humanitaria y el peligro evidente de ese gentío agolpándose en puerto, aeropuertos, playas, la incapacidad de parar la marabunta, y mucho menos de usar medios expeditivos para proteger las fronteras, llevó a la decisión de, simplemente, abrirlas y dejarlos pasar.

Así es como montaron sus campamento, comenzaron a amontonarse en plazas, a imponer su dictado por la fuerza del numero y la convicción de su misión: la “repoblación” de Al Andalus. La inseguridad era pavorosa: la policía simplemente no estaba en situación de intervenir, los incidentes se multiplicaban y temor de los españoles era paralizante. Existían facciones extremistas, islamistas radicales, también habían delincuentes, habían campesinos en busca de una vida mejor, desocupados, agentes provocadores...

Ya estamos llegando a casa. Al abrir la puerta del coche frente al portal, observo que los "vigilantes" han empezado a aparecer por nuestro barrio residencial. Es algo nuevo. Hasta ahora sólo habíamos recibido la educada visita de imanes, líderes considerados, casi amables, que nos educaban sobre la necesidad de adaptar nuestras hábitos con el objetivo de mantener la convivencia, favorecer la integración y respetar las costumbres de la oleada de inmigrantes magrebíes que ya se han instalando cada semana siguiendo la llamada del defensor de los creyentes. Pero ahora estos chicos andan cada vez más crecidos, y el gobierno (y también la oposición) sólo aciertan a hacer vagas imprecaciones en favor de la tolerancia y la coexistencia. Una coexistencia que, insisten, es, en cualquier caso, parte de nuestra propia historia.

Ya nos lo habían dicho los imanes: no es que no pudiésemos comer jamón. Pero se trataba de no ofender con una exhibición excesiva e innecesaria. Nadie impedía beber alcohol en casa pero, ¿no era, en cualquier caso, mejor para todos evitar dependencias de sustancias que provocaban comportamientos incívicos?. ¿No estaban mejor las calles desde que los "estudiantes" las habían limpiado de traficantes y prostitutas? ¿Quién echaba de menos que sus hijos se toparan con asquerosas revistas pornográficas en el kiosco?. ¿Y no era cierto que desde que los muchachos españoles que se iban convirtiendo y uniendo a las milicias paseaban por las calles con sus uniformes negros las mujeres podían pasear tranquilamente por las calles sin ser molestadas? (en algún momento se había convertido en un verdadero problema con grupos de "repobladores" que ocupaban manzanas enteras con su actitud desafiante. Frente a todo ello, ¿era mucho pedir que las mujeres se vistieran con pudor y usaran un pañuelo en la cabeza para no provocar los instintos de aquellas personas que venían de países de costumbres más conservadoras y tendían a malinterpretar el comportamiento liberal de las españolas?.

En casa, Patricia se fue directamente a acostar a Marina. Yo me refugié en nuestro dormitorio. La cabeza me daba vueltas y sólo quería caer dormido lo antes posible y olvidarme del desagradable incidente. Patricia entró, se puso el camisón y se acostó a mi lado. Cuando fui a darle un beso de buenas noches me giró la cabeza y, con la cara hacia la pared, la pude oír. Dijo, suficientemente alto como para que lo oyera con claridad: "maldito cobarde".

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