lunes, 6 de marzo de 2006

El final del terrorismo no es la meta

Un deseo que todos los españoles de bien tenemos es que un día, lo más cercano posible, la lacra del terrorismo desaparezca de nuestro país. En función de ese legítimo deseo estamos viviendo tiempos en que el Gobierno de España está pregonando a los cuatro vientos que el final del terrorismo está más cerca que nunca. Lo que pasa es que estamos olvidando algo fundamenta, básico: Que en sí mismo el final del terrorismo no es la meta.

No lo es, porque que lo sea es la meta de los terroristas. Desde el principio, y más concretamente desde la etapa democrática, lo que los asesinos de ETA han querido con sus brutales actos es que España, por medio de sus representantes políticos, llegara al convencimiento de que tenía que hacer concesiones políticas, particularmente en el sentido del camino de la independencia del País Vasco. Es decir, resumiendo la cosa al extremo, si la meta única fuera el final del terrorismo, solamente habría que otorgar la independencia al País Vasco y el terrorismo cesaría. Y esa ha sido y es la meta de los terroristas.

Por lo tanto, no podemos dejarnos engañar por el espejismo de que la meta es que el terrorismo etarra desaparezca. No lo es. La meta es que el terrorismo etarra desaparezca, sí, pero con un añadido completamente sustancial, que lo haga sin que por parte de España exista la menor contrapartida política. Porque si la hubiera los terroristas hubieran conseguido con su salvajismo a lo largo de todos estos años lo que pretendían.

En ese sentido, la única baza que el Estado puede ofrecer a los etarras es una generosidad hacia los terroristas, tanto los presos como los libres. Y dejándoles claro que no se trata de una negociación de igual a igual, sino de una generosidad a cambio de una rendición. En ese sentido se podría barajar la posibilidad de reducir sustancialmente las condenas de los presos, en base por ejemplo a su arrepentimiento explicito, y de aplicar atenuantes en máximo grado a los etarras que se entregasen. Ahora bien, todo ello estaría en función de un abandono del terrorismo, así como de un reconocimiento de que dicho terrorismo es simple y llanamente asesinato, sin paliativos. Y de algún sistema por el que si ETA (u otro sucedáneo) volviera a matar, esos etarras afectados por la generosidad volverían a prisión.

Y, repito, debe haber una claridad total en las ideas y en los planteamientos, en el sentido de que, ni directa ni indirectamente, los terroristas van a conseguir que el Estado haga hacia ellos ni tan siquiera una mínima concesión política.

No podemos perder la perspectiva de las cosas. El día en que la sociedad española crea que la meta es únicamente el final del terrorismo, desgraciadamente los terroristas habrán conseguido su objetivo. Y ese momento no podemos permitir que llegue jamás.

2 comentarios:

  1. La capacidad del Estado es perseguir a los criminales y a los proyectos criminales. Nada más. No puede conceder nada, no tiene competencia. Los terroristas sólo pueden disolverse y esperar que con los años y la comprobación del día a día de su desparición, la sociedad quiera mostrarse generosa con los asesinos. Ya es mucho.

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  2. Ya dijo el asesinado Gregorio Ordoñez: lo único que hay que negociar con un terrorista es el color de los barrotes de su celda.

    Excelente artículo.

    Un saludo

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